Aunque estoy viejito, puedo majarte las bolas.
Estaban tan entretenidos que no se dieron cuenta de que llamaban a la puerta, por eso cuando golpearon de nuevo, más fuerte, ambos se sobresaltaron lo que les hizo reír. Sin embargo, la felicidad que tenía August se acabó al ver llegar a Michael. Antes de abandonar la habitación el anciano se detuvo frente a él.
—Sabes muchacho que no he sido muy amable.
—Descuide señor. Sé que no soy quien quiere para Emily.
—No, en eso tienes razón.
—¡Abuelo!
—Pero Michael —prosiguió August —he apre