No quería el perfecto maquillaje que me habían hecho, así que traté de contener las lágrimas que se acumulaban en mis ojos, pero sentía una decepción tan profunda que mi corazón ya no sabía qué sentir.
Firmemente le advertí:
—Papá no murió por mi culpa, ¡fue por la tuya!
—La pastilla para el corazón que papá había preparado para la abuela siempre estuvo en la repisa, pero fue tu negligencia la que hizo que tiraras el frasco de medicamentos. Dijiste que cuando volvieras del trabajo le comprarías