Killian
La puerta del despacho se abrió de golpe antes de que pudiéramos acomodarnos la ropa. Mateo entró corriendo, con el rostro blanco como el papel y el sombrero apretado entre las manos temblorosas. Sienna se despegó de mi pecho de un salto, intentando subirse las tiras del camisón mientras yo me ponía de pie, ignorando la puntada de dolor que me atravesó el costado herido.
—¡Killian! ¡Señorita Sienna! —gritó Mateo con la voz entrecortada por la agitación—. Tienen que venir al patio tra