Sienna
Caminé junto a Killian desde el granero destruido hasta el despacho de la casa principal. La noche seguía oscura y el viento helado nos golpeaba la cara, pero por dentro sentía rabia y confusión. La seda de mi camisón, manchada de sangre y carbón bajo el abrigo, me recordaba la forma salvaje en la que nos acabábamos de entregar sobre las ruinas. Entramos al despacho y cerré la puerta con el pestillo de madera.
Killian se dejó caer en la silla de cuero, respirando con dificultad. Su torso