Lunes. Las siete de la mañana.
El auto de obra arranca con ese sonido específico del motor frío de octubre. Irina se abrocha el cinturón de seguridad.
Y entonces lo siente.
Un movimiento que no es suyo.
Para el auto antes de salir del estacionamiento del hotel. La mano en el volante. Quieta.
Lo vuelve a sentir.
Suave. Casi imperceptible. El tipo de cosa que podría ignorarse si no fuera porque es indudable. No es una contracción. No es un calor. Es un movimiento con dirección propia, breve, que