El ascensor sube en silencio absoluto.
Son las seis y veintiocho de la mañana. El edificio no tiene casi nadie todavía: el guardia del lobby, la chica de la cafetería del piso seis que llega siempre antes que todos, y Irina.
Irina cuenta los números sobre la puerta.
Treinta. Treinta y dos. Treinta y cuatro.
No porque necesite saber cuándo llega al treinta y ocho. Lo sabe. Lo hace porque los números tienen peso específico y el peso específico ayuda cuando lo que viene a los treinta y ocho es lo