Octavia
Orión estaba de un humor de perros. Aunque intentaba aparentar tranquilidad, su mirada reflejaba la tormenta que bullía en su interior. La tensión palpable en el aire se traducía en cada gesto, en cada palabra medida que cruzábamos. El acuerdo alcanzado después de nuestra conversación en su oficina había establecido límites claros sobre con quiénes debíamos compartir nuestras sospechas.
Mientras mantuviéramos esto en secreto entre pocos, menores serían las posibilidades de que el traido