Octavia
Dos horas me tuvo encerrada en su oficina. No me quejo. Disfruté cada segundo, aunque ahora no sé si podré caminar correctamente por un buen tiempo. Cada roce de su piel contra la mía, cada suspiro y gemido resonando en la habitación, dejaba una huella ardiente en mi memoria. Sus manos, fuertes y seguras, explorando mi cuerpo con deseo, dejaron una marca imborrable en mi piel. Cada caricia llegaba hasta mi alma, y su voz ronca murmurando palabras de pasión en mi oído se convirtió en una