Orión
Después de abrirle mi corazón a mi compañera, no pude evitar besarla. Sabía que era lo correcto, lo necesario. Su cuerpo se amoldaba al mío como si estuviera hecho a medida, éramos dos piezas de rompecabezas que encajaban a la perfección. Los momentos que estábamos compartiendo eran un regalo divino, y sentía que estábamos entrando en un mundo que nos pertenecía, un mundo donde no existía el dolor ni la incertidumbre.
Los labios de Octavia eran suaves y cálidos, y el sabor de su aliento e