Orión
Estaba sentado en una de las sombrías mazmorras, la penumbra bailaba a mi alrededor mientras me enfrentaba a uno de los prisioneros que habíamos capturado del auto que nos seguía aquella noche infernal. El susurro sordo de la tortura aún resonaba en mis oídos, pero necesitábamos respuestas. La información que necesitábamos era un pequeño tesoro que valía cualquier sacrificio.
De los cinco prisioneros, tres ya yacían sin vida en el suelo, sus cuerpos maltrechos y sus almas silenciadas para