Aquel era el día de la consulta prenatal de Isabela, y Maison la había acompañado de principio a fin sin perderse ni un solo momento.
El ascensor se detuvo brevemente y cuatro jóvenes de estatura similar entraron, apretujados.
Isabela los observó con atención y reconoció a Kenedy y a sus amigos, todos cubiertos de sangre.
Mientras todavía se preguntaba si estaba soñando, Maison, a su lado, habló con la actitud exacta de un padre severo.
Una actitud que, seamos sinceros, solo aplicaba con Killia