—Bea, ¿cómo estás? Pasar tanto tiempo con Magnus debe ser agotador —dijo Ale.
La había llamado por teléfono.
—Algo así, no me lo tomo muy en serio. Hmm... qué rico.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—Me están dando un masaje maravilloso. Ojalá y estuvieras aquí.
Silencio.
Bea se sobresaltó. Tan relajada estaba que las palabras se le escapaban sin pasar por el filtro mental de la vergüenza.
—También me gustaría estar ahí —confesó Ale.
—¡¿En serio?!
Los dinosaurios. ¡Los dinosaurios!
—Claro, ¿a quién no le