Sentado a la mesa de la cocina, Magnus se aferraba la cabeza. Había acabado con todo y ropa en la ducha. Por mucho que se había lavado seguía con el aroma agrio del vómito pegado en la nariz. Nadie podría volver a usar ese dormitorio en años.
—Luces terrible —le dijo Serafina. Venía llegando de la empresa.
—Tengo jaqueca.
—¿Tomaste un analgésico?
—Ya tomé tres, pero no hacen efecto.
—Es que estás muy grandote, primo. No tienes que tomarlos, hay que disparártelos, como a los elefantes.
—Ja. Ja.