El auto de Magnus iba doblando en la cuesta de las colinas cuando le llegó el resplandor de las balizas iluminando la casa. Había dos autos policíacos. Se apresuró a bajar.
No tuvo tiempo ni de ponerse la mascarilla.
Los policías entraban y salían de la casa, con sus zapatos llenos de tierra.
—¡Yo no lo hice, soy inocente! —gritaba el tío Eli, mientras dos policías lo sacaban esposado de la casa.
Magnus pensó en Bea, que no había respondido sus llamadas.
—¡¿Qué pasó?! —le preguntó.
—¡Magnus, h