Cristian
El acelerador del Porsche rugía bajo mi pie como una bestia herida, rompiendo el tráfico de la avenida principal con una violencia que reflejaba el caos que llevaba en las entrañas. Mis manos, apretadas contra el cuero del volante, temblaban tanto que las ruedas traseras derraparon al tomar la curva que conducía hacia el edificio corporativo de Del Castillo.
—¡Contesta, maldita sea, contesta! —le grité al tablero, do