Crucé el umbral del avión y me ubiqué en mi asiento de primera clase, buscando el rincón más aislado y oscuro junto a la ventanilla, huyendo de las miradas corteses de la tripulación que solo buscaban complacer a los pasajeros VIP. No quería su amabilidad; la amabilidad en este momento se sentía como una burla para el desastre que llevaba por dentro. Me encajé en el asiento de piel oscura, encogiéndome sobre mí misma, y pegué la frente al cristal frío de la ventanilla, buscando que esa temperat