El olor a antiséptico y el pitido rítmico, monótono e insufrible del monitor cardíaco eran lo único que llenaba la habitación privada del hospital. Tenía la cabeza vendada, un par de costillas fisuradas que me recordaban con un pinchazo agudo cada respiración y el brazo izquierdo inmovilizado. Pero nada de ese dolor físico se comparaba, ni remotamente, con la agonía que me estaba devorando las entrañas. Cada latido era una tortura, una maldita cuenta regresiva que me recordaba que ella estaba c