Aquellas palabras funcionaron como un detonante en mi sangre. La furia, el asco y el instinto de supervivencia me devolvieron las fuerzas. La tomé de los hombros con una brusquedad salvaje y la empujé lejos de mí, arrojándola contra los cojines sin una sola pizca de la caballerosidad o la templanza que solía mostrar ante el mundo.
—¡Quítame tus malditas manos de encima! —le grité, saltando de la cama y quedando de pie sobre la alfombra, buscando con la mirada mis pantalones y mi ropa interior e