Cristian
El vacío que dejó el portazo de las maletas de Zamira aún flotaba en el aire del vestidor, denso como el humo, asfixiante como una soga al cuello. Me quedé de rodillas sobre la alfombra, rodeado por las perchas vacías que antes sostenían sus vestidos. Mis manos temblaban como las de un maldito cobarde.
Apreté los puños contra el suelo hasta que los nudillos me crujieron. El dolor de cabeza seguía ahí, un martilleo consta