La luz grisácea del amanecer comenzó a filtrarse por el inmenso ventanal del ático, disolviendo las sombras de la noche más larga de mi vida. No pegué el ojo en toda la madrugada. Permanecí sentada en la misma silla del comedor, con la mirada fija en el teléfono y la cena fría convertida en un monumento a mi propia estupidez. Cristian no apareció. No hubo llamadas, ni mensajes, ni una sola señal de vida. La tregua, las promesas implícitas, el calor de sus manos en mi cintura... todo se sentía a