Zamira
La tranquilidad de nuestro apartamento se sentía distinto esta noche. No era el vacío frío y cargado de secretos de los primeros meses de nuestro matrimonio, sino una calma expectante, casi doméstica. Por primera vez en años, me había despojado de la armadura de la oficina antes de las seis de la tarde y me había encerrado en la cocina.
Cocinar nunca había sido una de mis virtudes —la pasta había quedado ligeramente pasad