Al cruzar las puertas de cristal de la terraza, el bullicio ahogado del comedor me devolvió a la realidad de la noche. Camila se había quedado atrás, reducida a una silueta temblorosa borrada por las sombras del jardín, pero yo ya no tenía espacio en la mente para sus lágrimas de porcelana. Al entrar al comedor, la atmósfera se sentía aún más enrarecida. Los camareros se movían como fantasmas alrededor de la inmensa mesa de caoba, retirando los platos principales con una prisa que delataba el d