Zamira
La tarjeta de invitación, de un papel hilado tan grueso que parecía una provocación, descansaba sobre el tablero de mi auto. Una cena en la residencia principal de los Del Castillo. Mi antigua casa. El lugar donde mi padre había construido su imperio y donde ahora su viuda, mi madrastra, y su hija Nicol pretendían seguir jugando a la familia perfecta. El momento no podía ser más inoportuno; las cenizas de la junta directiva