Y mientras el mundo parecía abrirse a los pies de Daniel, Marta dejó con sumo cuidado la taza de té sobre la mesa, alineándola con el borde del plato, como si ese gesto mínimo pudiera mantener bajo control el caos que ella misma había desatado.
Sus dedos, finos y perfectamente cuidados, no temblaban, sus ojos, en cambio, se afilaron mientras escudriñaban con calma el rostro de Osvaldo.
No sonreía, pero había en su mirada una seguridad insultante, la certeza de quien se cree intocable.
—Verás, O