Para cuándo llegué a casa, Fabio y los dos grandulones me esperaban afuera.
—Señorita Ava, por fin apareció, ¿dónde se había metido? —Pregunta Fabio, bastante preocupado.
—¿Dónde me metí yo?, más bien dónde estaban ustedes?
—El auto se había quedado sin gasolina, un error mío. —Dice con vergüenza. —Los dos chicos me ayudaron a empujarlo hasta la gasolinería más cercana.
—¿Y no pudieron tomarse la molestia de avisarme?
—La verdad es que no creí que saliera tan rápido, ni que a noso