Fane soltó un leve refunfuño, sin preocuparse lo más mínimo:
—No hables como si pudieras hacer lo que quieras. ¿Te atreves a arrancarme la boca? Si tienes valor, ven ahora mismo, ¡aquí estoy! Vamos a ver si te atreves.
Esas palabras dejaron a Simberto sin palabras, con la cara enrojecida por completo. Sabía muy bien que no podía hacer lo que acababa de decir. No era invencible ni mucho menos tenía el poder de un gran ser ancestral para hacer lo que quisiera. Si se pasaba de la raya, en un abrir