Léster apretó los dientes. Aún tenía las manos libres, así que sujetó con fuerza su espada y empezó a golpear desesperadamente hacia abajo. Con cada golpe resonaban estruendos, pero por más que lanzaba docenas de tajos, las enredaderas parecían estar hechas de metal endurecido. Había atacado varias veces sin conseguir hacerles ni un rasguño.
Y no podía evitar que las enredaderas siguieran trepando por su cuerpo. Con el paso del tiempo, las enredaderas comenzaron a cubrirle las piernas, luego sub