Rebeka tomó un abrigó y una toalla, la tendió en uno de los sillones de cuero y allí durmió, muy temprano en la mañana Diego la despertó.
—Despierta Rebeka —Diego movió su hombro para despertarla y ella lo miró aún seria—, fui a la tienda y compré comida, voy a salir, come y guárdame algo —en eso Diego arrugó la nariz al recordar que ella no sabe cocinar—. Pero qué digo, tú no sabes cocinar —Diego chasqueó la lengua—, tendré que lidiar contigo, levántate para que me acompañes.
—No…, —respo