Gerald seguía pensando en mis palabras y mi actitud, cada vez que intentaba hablarme era peor.
No podía quitarme esa escena de la cabeza y realmente me molestaba saber que podía hablarme como si nada, pero lo que más me molestó fue que lo besé con tanta pasión sabiendo que él hizo eso horrible y repugnante con esa mujer.
—Mili, terminé de comer, ¿de casualidad tienes una toalla para limpiarme las manos? —Carlos pregunta sacándome de mis pensamientos.
—Sí, cariño, aquí tengo.
—¡No puede ser!