No llores

Gerald baja a mi cuello dejándome un beso muy parecido al que me había dado en casa de mis padres, sus caricias eran suaves y sutiles, como si tuviera cuidado de no romperme con ningún movimiento brusco.

Sus labios bajan hasta mi hombro dejando otro beso ahí para comenzar mi tortura, recorre mi espalda dejando pequeños besos húmedos en cada espacio que alcanza junto con ligeras caricias con sus dedos, cada espacio que besa lo siento suyo.

Lo escucho reírse de cada espasmo que da mi cuerpo, es u
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