El juego del triángulo
Elena cruzó el umbral de la oficina de Alexander sintiendo que el aire le quemaba los pulmones. Sus labios aún conservaban el rastro del beso robado, un recordatorio físico del peligroso juego que acababa de iniciar. Caminaba con la espalda recta, pero sus manos, ocultas en los pliegues de su falda, eran un manojo de nervios.
No había avanzado diez metros cuando una figura familiar le bloqueó el paso. Taylor Brown estaba allí, apoyado contra una columna de cristal, con lo