El rastro del fantasma
El crepúsculo empezaba a teñir el cielo de un naranja sangriento cuando Leonor salió de la casa, cerrando la puerta con una determinación que rayaba en la crueldad. No se despidió de nadie. Caminó hacia su auto, un modelo antiguo pero bien conservado, y arrancó el motor con manos que no temblaban.
Desde la ventana de la cocina, Ernesto observaba la escena con el ceño fruncido. Conocía a su esposa lo suficiente como para saber que ese brillo en sus ojos no presagiaba nada