El impacto de esas palabras golpeó a Juan como un puñetazo en el estómago. Su rostro se descompuso, la incredulidad y el horror pintando sus facciones. Se tambaleó hacia atrás, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
— ¿Qué…? No… eso no puede ser — balbuceó Juan, su voz quebrada.
Daniel lo miró con compasión, sabiendo que la verdad era difícil de aceptar. Pero también sabía que no podían perder más tiempo.
— Lo siento, joven, pero es la verdad. Ahora tenemos que enfocarnos en Sofía y as