Me giré, mirándolo como si fuera un completo desconocido, con una frialdad distante.
El rostro de Carlos estaba marcado por el asombro y el dolor; con voz temblorosa alcanzó a decir:
—Linda, soy yo… soy Carlos…
—Señor Mancilla, entre nosotros ya no queda nada de qué hablar —respondí, serena y cortante.
Al amanecer, las labores de rescate empezaban a transformarse en tareas de reconstrucción.
Carlos volvió a interponerse en mi camino, su voz grave, cargada de desesperación:
—Linda, sé que cometí