Alejandro
Mi mirada se posó en el reloj de pared que colgaba perezosamente sobre la impecable pared blanca.
—¿Ya son las 7 p.m.? —murmuré, preguntándome por qué Catalina aún no estaba abajo. Había esperado más de una hora.
Las mujeres siempre serán mujeres, ¿cierto?
El suave sonido de unos tacones se escuchó acercándose con cada segundo. Levanté la vista y tuve que contenerme para que mi boca no se abriera de más.
Se veía sencillamente impresionante. Al avanzar, dominaba cada paso; elegancia pu