Estaba divagando. Él lo sabía y ella también, a juzgar por el rubor que le subía por el pecho. Él alzó la mirada, obligándose a mirarla a los ojos mientras la interrumpía.
—No estoy aquí por eso.
Ella frunció el ceño. —¿No?
—Bueno, sí, pero no del todo. —Dime, dilo de una vez. Has lidiado con adquisiciones hostiles mejor que esto. —Quiero decir, no estoy aquí por lo que piensas.
Ella frunció aún más el ceño. Su genuina confusión lo estaba destrozando.
—De acuerdo… —Tiró la toalla de papel sucia