(Punto de vista de Henry)
La puerta se cerró de golpe detrás de mí, el eco de hierro sellándome en la oscuridad. Por un latido solo hubo silencio, luego el rasguño de tacones sobre piedra—múltiples pares. Mi pecho se apretó. No estaba solo.
Entonces llegó la luz—débil, antorchas parpadeantes lamiendo las paredes, arrojando justo suficiente brillo para mostrarme la forma de ellas. Cuatro mujeres.
Cuatro depredadoras.
Se paraban como estatuas esperando el sacrificio, vestidas de cuero y encaje, o