Las dos horas siguientes fueron una auténtica revelación. Edward todo el tiempo se había portado tan bien con Santi, desde que llego. El no tenía experiencia con los niños. Era un
magnate, no un padre, pero fue paciente con el niño y no se desesperó cuando se puso pesado, esa noche cuando cenaban
—Santi ya es la hora de comer —Rossi sonrió a su hijo—.
–¿Tienes hambre, Santi? –Pregunto Edward al niño
—¡Me llamo Santiago! —exclamó el niño.
Rossi dio un respingo por el grito, pero Edward se