Edward miraba la gran inquietud reflejada en el rostro de Rossi y quiso tomarla por los brazos
–¡No! – Ella le puso las manos en los hombros y le apartó.
Edward no se movió.
–No me importa a qué acuerdo hayas llegado con mi padre, antes del accidente donde murieron, Edward. No me puedes forzar. ¡Déjame ir!
Él apretó las mandíbulas y Ella vio cómo le latía el pulso. Aspiró con fuerza el aire y, para su sorpresa, él dio un paso atrás. Se mantuvo unos centímetros más lejos.
–Esto no tiene que