Diego miró hacia abajo y observó el álbum de fotos de su infancia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Santiago tenía razón.
Cuando era niño, no era tan delicado como Félix, pero sí se parecía en la boca, la barbilla y la nariz. ¿Cómo no se había dado cuenta de esos rasgos tan evidentes?
—¡No me importa! Si no traes de vuelta a Ire, aunque me muera, no tendré paz! —dijo Santiago.
—Abuelo, en un día tan festivo, ¿no puedes hacer ese tipo de maldiciones? ¡Haré todo lo posible! —Diego se sinti