—Entonces, ¿me puedes llevar un trecho?
Los ojos de Diego ardían con intensidad y concentración, lo que hizo que Irene no pudiera evitar desviar la mirada.
—¿A dónde vas?
—A donde sea. —Diego, emocionado, se sintió un poco avergonzado al hablar—. Naturalmente, a... tu departamento.
—¿De verdad estás viviendo allí? —Irene le preguntó.
—¿Por qué no?
—¿Pero allí las condiciones... no son muy buenas?
Aunque Diego había mandado a traer algunas cosas, sabía que, habiendo crecido en la comodidad, sería