Ellas miraban a Diego y solo sentían alivio.
—Ire, esto no es un juego. —dijo Diego.
—No estoy bromeando. —respondió Irene—. Lo que haces no sirve de nada, ¿por qué tienes que torturarte así?
—No es una tortura. —Diego afirmó—. Si eso significa que puedes cambiar de opinión, haría lo que fuera con gusto.
—No voy a cambiar de opinión. —Irene lo dijo directamente—. Al contrario, me molesta aún más que hagas esto.
—¿Te vas a decidir? Si no, mejor vete y no nos interrumpas en nuestro trabajo. —Justo