—¿Cómo puedes decir esas cosas con cara de quien no ha hecho nada? —Irene, sentada en el asiento del copiloto, le preguntó:
—Acabo de recordar que ayer prometiste darme un regalo. —Diego arrancó el coche.
Irene ni siquiera quería responderle. Diego, sin embargo, no se molestaba y parecía de buen humor; incluso entonó una canción por el camino. Su voz era grave y magnética, y cantar le sentaba muy bien.
Irene lo miró y luego, con la cabeza ladeada, miró por la ventana del coche. Ella había decidi