—Supongo que no tengo opción. Si quiero tu ayuda, tendré que confiar en ti —concedió Kaleb, cruzando los brazos con resignación.
—Vamos, chicos, los dos quieren lo mismo: proteger a la hermosa princesa Andrómeda. Incluso podrían ser amigos —comentó Jerome, sonriendo.
Ambos fruncimos el ceño con evidente desagrado ante esa sugerencia, lo que provocó una carcajada en Jerome.
Kaleb desactivó la jaula, y al fin pude moverme con libertad. Pero en cuanto lo hice, un agudo dolor recorrió mi cuerpo. Te