Laura alargó la mano para quitar el vendaje que cubría las delgadas y delicadas muñecas de Amelia, pero al darse cuenta de que las heridas ya habían sido limpiadas, se detuvo. Amelia la miró con curiosidad, sin saber qué decir.
—Supongo que ha sido su esposo, el señor Schneider, quien se encargó de limpiar sus heridas. Ha sido demasiado delicado con usted; eso me deja descolocada —se atrevió a comentar con una sonrisa que no podía ocultar del todo. Amelia desvió la mirada, como si aquel comenta