El regreso a casa fue inmediato. Maximilian y Amelia llegaron, cada uno sumergido en su propio abismo de dolor.
Amelia se dirigió directamente a su habitación, el seguro de la puerta se deslizó con un clic que resonó como el cierre de una tumba. Se dejó caer sobre la cama, un sollozo ahogado escapó de sus labios, abriendo la compuerta de un llanto inconsolable que empapó las sábanas. La culpa y el arrepentimiento la consumían, mientras la verdad, tan largamente guardada, se desangraba de su pe