La noche caía sobre la ciudad, y las luces del restaurante brillaban con una calidez engañosa.
Natalia se sentó en una de las mesas junto a la ventana, mientras el aire fresco entraba por el cristal, contrastando con el tumulto emocional que la consumía.
Cuando Delia llegó, la abrazó con tanta fuerza que Natalia sintió que podría romperse. Era un abrazo que decía más que mil palabras, un refugio en medio de la tormenta.
—No voy a preguntarte si estás bien —dijo Delia, separándose para mirar a