Simón avanzó hacia ella, incapaz de contener el torbellino de preguntas y resentimientos que llevaba atorados en la garganta.
Natalia lo vio acercarse y enarcó una ceja, como si no fuera más que un extraño.
—¿Por qué lo hiciste, Natalia? —preguntó en un susurro lleno de rabia contenida—. Fingir tu muerte, desaparecer sin explicación… ¿No tenías la decencia de enfrentarte y demostrar tu inocencia?
Ella soltó una pequeña risa, carente de calidez. El sonido le heló la sangre.
—Inocencia… —repitió,