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Tiempo después…

Henry McGregor observaba el atardecer desde el ventanal de su despacho con una copa de whisky en la mano. La luz dorada iluminaba su rostro curtido, mientras Hugo, su fiel asistente, permanecía de pie a su lado, esperando instrucciones.

La tranquilidad del momento se rompió cuando dos hombres entraron al despacho con paso firme.

—Todo está hecho, señor McGregor —informó uno de ellos con una ligera inclinación de cabeza—. Las mujeres hicieron su trabajo a la perfección.

Henr
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