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La sala en la mansión Benavides estaba cargada de emociones, como si cada palabra no dicha aumentara la tensión en el aire. Astrid no apartaba la vista de Graciela, la mujer que acababa de descubrir que sí era su madre.

Graciela, sin embargo, no dejaba de llorar. Su cuerpo temblaba mientras apretaba un pañuelo entre las manos, incapaz de pronunciar una sola palabra coherente.

Natalia, por su parte, permanecía de brazos cruzados, tratando de procesar lo que su padre había revelado. Sus ojos f
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